
Después de saber los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 4 de octubre en Brasil, quedó en vilo la parte de la humanidad que es consciente del peligro que implica la oleada neofascista en el mundo. Sabíamos que los resultados iban a ser cerrados, pero las encuestas daban por ganador a Lula por un mínimo porcentaje. Los resultados fueron descorazonadores: Lula fue derrotado en esa primera vuelta al obtener el 45.16% contra el 47.03% de Flávio Bolsonaro.
Razones había para el pesimismo. Desde el restablecimiento de las elecciones presidenciales directas en 1989, ningún candidato que había quedado en segundo lugar en la primera vuelta había logrado ganar la segunda vuelta presidencial. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro obtuvo 56,104,503 votos, superando a Luiz Inácio Lula da Silva, quien alcanzó 53,879,538 votos, con una diferencia de 2.225 millones de sufragios. Los restantes siete candidatos obtuvieron entre todos el 7.75% de los votos, lo que significó 9,262,149 sufragios. La mayor parte de esos candidatos eran de derecha. Para lograr la remontada o, como se dice en portugués, “a virada”, se necesitaban muchos millones de votos más que la diferencia de 2.225 millones.
La mayor parte de los analistas que escuché y leí consideraban prácticamente imposible que Lula ganara. Empezamos a prepararnos para lo peor: un imperialismo incontenible en América Latina y una región entera prácticamente dominada por la derecha neofascista.
Por ello, el triunfo del antiguo obrero metalúrgico tiene un significado que va mucho más allá de Brasil. Significa que el imperialismo estadounidense puede ser derrotado en su patio trasero. Es un severo traspiés para el triunfalismo trumpista después de sus victorias en Argentina (2023), Chile, Honduras, Bolivia y nuevamente Argentina (2025), Venezuela (la invasión de enero de 2026), Colombia y Perú (2026). Los BRICS agarran un segundo aire con la derrota de Bolsonaro. Significa también que en este año de 2026 el imperio estadounidense ha sido derrotado en Irán (abril) y ahora en Brasil (octubre). Esperemos que las encuestas acierten y el martes 3 de noviembre el neofascismo republicano sea derrotado en las elecciones intermedias de Estados Unidos.
El triunfo de Lula este 25 de octubre tiene, por todo ello, un significado histórico. Ese triunfo histórico significa también una proeza electoral. Lula remontó su cifra inicial de 53,879,538 votos para llegar en la segunda vuelta a 64,256,232 votos (51.79%), lo que significa que obtuvo 10,376,694 votos más.
¿Qué hizo posible este triunfo? Pregunta que amerita una meditada y extensa respuesta, lo cual va más allá de las posibilidades de este artículo. No obstante, creo que una respuesta inicial es la que ha dado Pablo Iglesias en su programa La Red: en las elecciones del 25 de octubre, la derecha fue derrotada en un territorio en el cual había derrotado a la izquierda. Ese territorio es el espacio digital.
El general de esa victoria es el diputado federal de 42 años André Janones, quien, al día siguiente de la derrota en la primera vuelta, reactivó un canal en WhatsApp —con transmisiones espejo en YouTube— llamado “El ejército de Lula”, el cual, en cuestión de semanas, pasó de 60,000 seguidores a casi 11 millones.
Desde 2018, tras el triunfo presidencial de Jair Bolsonaro, Janones sostuvo que el secreto de las redes sociales no radicaba en proponer ideas complejas, sino en definir los temas del debate público. Criticó a la izquierda por insistir en debates académicos y tradicionales mientras la derecha acaparaba la atención del usuario mediante algoritmos, respuestas rápidas y emociones.
En los días posteriores a la primera vuelta, Janones le dio a la derecha una cucharada de su propio chocolate: recurrió a videos verticales de formato rápido, transmisiones directas caseras y títulos alarmantes para desactivar la desinformación. Asimismo, organizó transmisiones en vivo y debates digitales en directo junto a Luiz Inácio Lula da Silva, artistas y celebridades, apelando directamente al estómago y al miedo del elector.
Recuerdo muy bien que en la campaña electoral de 2006 de Andrés Manuel López Obrador hubo un debate fuerte entre sus estrategas electorales. Sus asesores de campaña y estrategas políticos le insistieron repetidamente en que debía suspender o disminuir sus extenuantes giras a ras de suelo (en territorio) para concentrarse en inundar los medios de comunicación y la televisión con spots publicitarios.
Andrés Manuel fue reacio a las sugerencias de sus asesores mediáticos porque consideraba que la televisión “manipulaba” la imagen de los candidatos. Él sostenía que su verdadera fuerza radicaba en el “contacto cara a cara”, trabajo en territorio y movilización de bases, una fórmula que siempre se mantuvo hasta el triunfo de 2018.
Sin embargo, en el preámbulo de esa campaña, en 2017, sus seguidores empezamos a escuchar de sus labios la frase “benditas redes sociales”, refiriéndose a Facebook y Twitter, por medio de las cuales logramos romper el cerco informativo de las cadenas televisoras. La conclusión fue que una estrategia victoriosa tendría que combinar “tierra” y “aire”.
Estas semanas entre la primera y segunda vuelta electoral en Brasil deben ser de aprendizaje para la izquierda de todo el mundo. La novedad fue el genio publicitario de André Janones. Pero la campaña de Lula no abandonó las calles.
Durante poco más de dos semanas, dicha campaña realizó más de 150 marchas en decenas de urbes; sirvió para activar el voto de las bases de izquierda y contrarrestar los altos índices de abstención de la primera ronda. Comenzó con la Jornada Nacional de Movilización, que realizó aproximadamente 150 manifestaciones en 76 ciudades, entre ellas São Paulo y Recife.
Los cierres de campaña también fueron espectaculares, como la Caravana de Copacabana en Río de Janeiro y la masiva movilización en la Avenida Paulista de São Paulo. Plazas y calles colmadas no necesariamente llenan urnas. Pero si estas se llenan y se combinan con el efectivo manejo del mundo digital, esas concentraciones se multiplican en el imaginario del elector.
He aquí el camino de Lula que, para decirlo con precisión, fue el camino que trazó André Janones.
El mundo de la comunicación ha experimentado una transformación revolucionaria desde la aparición de las redes sociales y sus etapas de adopción masiva: Facebook (2006-2009), YouTube (2007-2010), Twitter/X (2009-2011), WhatsApp (2011-2014), Instagram (2012), TikTok (2016-2020) y la Inteligencia Artificial (2022-2026).
El factor decisivo que potenció todas estas plataformas fue la popularización del teléfono inteligente (2007-2013). Estos avances tecnológicos han provocado el declive de la televisión y de los medios impresos, revolucionando por completo el escenario de la batalla cultural.
La ubicuidad del smartphone llevó la influencia del algoritmo a cualquier lugar en donde se encuentre el usuario. La derecha comprendió de forma temprana esta transición y, valiéndose de dicha tecnología, está ganando dicha batalla cultural.
André Janones comprendió muy bien ese cambio revolucionario y le indicó a Lula el camino a seguir. Lula le hizo caso y triunfó.

