
Para mí, decir “es tiempo de mujeres” significa reconocer una conquista histórica de generaciones que lucharon por derechos que les fueron negados. El camino ha sido largo y hoy tenemos una mujer que encabeza la Presidencia de México, y hoy existe una Secretaría de las Mujeres. Pero tengo claro que la igualdad sustantiva debe convertirse en una responsabilidad efectiva del Estado.
No quiero que esta transformación se mida únicamente por cuántas mujeres llegamos a los cargos públicos. Quiero que se mida por lo que cambia en la vida de las maestras, trabajadoras, estudiantes, campesinas, comerciantes, madres y cuidadoras. Quiero que el tiempo de mujeres sea tiempo para todas.
Para mí, es tiempo de mujeres cuando ninguna de nosotras tiene que levantarse a las tres de la mañana para llenar cubetas porque una empresa concesionaria incumple con el suministro de agua. Sé que cada hora dedicada a resolver la falta de servicios públicos es una hora que nos quitan al descanso, al estudio, al trabajo o a nuestra propia vida.
Quiero una ciudad segura, donde podamos caminar sin miedo, con calles iluminadas, banquetas transitables, transporte seguro y espacios públicos vivos; donde las niñas jueguen libremente y las jóvenes vuelvan a casa sin temor. Reivindico nuestro derecho a habitar la ciudad, recorrerla, decidir sobre ella y disfrutarla con libertad y dignidad.
También defiendo el derecho a ganar lo mismo que un compañero por trabajo de igual valor, a tener empleos dignos y a contar con servicios que nos permitan decidir sobre nuestro tiempo. No hay igualdad sustantiva si el cuidado de niñas, niños, personas mayores y enfermas sigue recayendo casi por completo sobre nosotras.
Cuando hablo de “tiempo de mujeres” como política pública, hablo de presupuestos para el agua, el alumbrado, la movilidad, la seguridad, los centros de cuidado, la cultura y el deporte. Hablo de redistribuir el tiempo, los recursos y las responsabilidades. Porque una ciudad que nos obliga a dedicar la vida a resolver carencias básicas también nos arrebata autonomía y oportunidades.
Creo firmemente que debemos ocupar los espacios donde se toman las decisiones. Hemos luchado demasiado para estar ahí, en la toma de decisiones. Pero también estoy convencida de que ocupar el poder no basta si reproducimos las mismas prácticas: autoritarismo, clientelismo, corrupción, subordinación y defensa de privilegios.
Yo quiero ver mujeres honestas, trabajadoras, valientes y con principios; mujeres que rindan cuentas, escuchen al pueblo y sean capaces de romper con el pacto patriarcal, incluso cuando eso incomode a quienes siempre han mandado. No me representa una mujer que llegue al poder para proteger los privilegios que antes denunciaba.
Como mujer, asumo que el ejercicio del poder exige conciencia, congruencia, dignidad y compromiso con las mujeres y con el pueblo. Mi convicción con el movimiento de mujeres es romper el pacto patriarcal: quiero mantener lealtad a mis principios.
Retomo el horizonte de igualdad sustantiva planteado en la Cartilla de Derechos de las Mujeres y en las políticas federales, pero exijo que se traduzca en decisiones concretas. Quiero que las voces de las mujeres de las colonias, los barrios, las juntas auxiliares y las comunidades influyan en la planeación, los servicios y el presupuesto de nuestra ciudad. Nuestra experiencia cotidiana debe contar a la hora de gobernar.
Que nunca se nos olvide: la lucha por la igualdad también es una cuestión de ética y de transformación profunda.
Para mí, será verdaderamente tiempo de mujeres cuando el poder sirva para derribar desigualdades; cuando el acceso al agua, a la seguridad y a una vida digna no dependa del ingreso ni del lugar donde vivimos; cuando todas podamos disponer de nuestro tiempo, de nuestros cuerpos y de nuestra ciudad.
Esa es la transformación por la que lucho: una que nazca de las mujeres y para las mujeres, para el pueblo.

