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¿Se le acaba la gasolina a la motosierra de Milei?

Columna por Mario Minutti Sierra

El crecimiento del hoy presidente de Argentina fue meteórico. Apareció en los medios de comunicación en un contexto de crisis económica en el país, presentándose como economista “especialista en crecimiento económico con y sin dinero” e irrumpiendo en un momento de crisis de representación de una derecha que todavía se movía en los marcos de la democracia liberal; un sector que ahora, para las formaciones radicalizadas, representa la “derechita cobarde”, considerada por estas como parte de los males junto con la “hegemonía progresista”.

Aunado a ello, el contexto de la COVID-19, así como la estrategia de “batalla cultural”, tejieron nexos entre diferentes formas de comprender la política desde la derecha y lograron articular desde católicos integristas hasta libertarios, ideológicamente contrapuestos, lo que llevó a dicho personaje a convertirse en presidente de un país en el que el kirchnerismo se encontraba en crisis.

Javier Milei se convirtió en un personaje icónico en la política internacional por su forma de expresarse, rompiendo con lo “políticamente correcto”, así como por su capacidad para generar conexión entre sectores agraviados por los partidos que hasta ese momento habían gobernado y protagonizado escándalos tanto de corrupción como de privilegios.

Ello le sirvió para usar el populismo en su vertiente discursiva y enarbolar un proyecto en contra de “la casta”, defendiendo a los “argentinos de bien”: los que se levantan todas las mañanas a trabajar y viven de lo privado, no de lo público.

La lógica que logró articular el presidente sirvió de marco para otras formaciones políticas de derecha radical que veían a Milei como un ejemplo a seguir, un personaje al que invitar y con el que tener buenas relaciones. Con el paso del tiempo, eso se ha visto progresivamente cuestionado, hasta llegar a lo que pasó el 19 de octubre en España, un viaje que los medios venían anticipando desde principios de mes.

Milei se encontró en un contexto en el que se celebrarán elecciones generales el 29 de noviembre en España. Estas llegan en un momento álgido, en el que las pensiones juegan un papel determinante debido al envejecimiento de la población del país.

A esto se suman las declaraciones sobre recortes y reformas económicas tanto del Partido Popular como de Vox, la derecha radical del país liderada por Santiago Abascal. Su responsable de Economía, José María Figaredo, de estética bastante proclive a la de Milei, mencionó que se iba a reformar el sistema de pensiones para incorporar al sector privado.

Posteriormente, Santiago Abascal salió a decir que no las iban a tocar de ninguna forma. Como se repite en círculos de expertos en pensiones: “Bienaventurados sean los pensionados, porque de ellos serán los votos”.

Lo que llamó la atención fue el rechazo a reunirse con él en persona. Solo se vio en privado con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y miembro del Partido Popular (el equivalente en México al Partido Acción Nacional), y se publicaron imágenes de un abrazo que quedarán para el análisis personal.

Santiago Abascal, líder de Vox, se encontraba en Galicia participando en eventos de proselitismo, por lo que hicieron una videollamada que publicaron para decir que la relación estaba muy bien.

La llamada tuvo lugar en la Fundación Disenso, el think tank del partido, y participaron Figaredo y el secretario general de la formación, Ignacio Garriga. Dicha fundación es central en su política exterior, ya que de ella se desprenden la Carta de Madrid, los Foros de Madrid y La Gaceta de la Iberosfera, un medio de comunicación relacionado con lo que ellos entienden como su zona de influencia: una hispanidad renovada.

Milei no se reunió con ninguna figura importante del Gobierno, ni con el presidente Pedro Sánchez, a quien ha insultado públicamente, ni con el rey Felipe VI, quien mantiene una postura de defensa colectiva junto con el Ejecutivo en funciones.

En este marco, lo que postula Javier Milei es una “heteronomía elegida”; es decir, lejos de incorporarse a los marcos diplomáticos de la política exterior tradicional, se postula desde una “batalla cultural” y una lucha civilizacional, que ha tenido sus ecos en Latinoamérica con sus ataques al hoy reelegido presidente Lula da Silva y su alineamiento con Bolsonaro.

Es la lucha por los “valores de Occidente”, cuya triangulación parte del alineamiento con Washington y Jerusalén.

La contienda electoral inminente puede ser un indicio de la lógica de no reunirse presencialmente con el presidente argentino. Cabe recordar que en junio del presente año Abascal sí lo hizo, en el marco de la visita de Milei para recibir la Medalla de Honor de la Universidad CEU San Pablo, donde afirmó que Israel era el único bastión de Occidente, que el mandamiento más importante de Dios era la libertad y que Marx tiene escritos satánicos, entre otras afirmaciones.

Los recortes sociales, el creciente descontento con su gobierno en Argentina y las fricciones internas en su proyecto político ponen en tela de juicio su continuidad.

Bien diría Agustín Laje, uno de los intelectuales orgánicos más importantes de la “batalla cultural”, que se deben mejorar las condiciones materiales o el péndulo girará rápidamente hacia la izquierda.

Otra forma de decirlo: “la gente no come batalla cultural”.

Ese es un desplazamiento que, si bien es sugerente en materia electoral, prioriza las cuestiones identitarias sobre las económicas. Se vela un programa mediante una retórica en defensa de valores contradictorios y carentes de lógica.

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