¿Quién boicoteó a Laura Artemisa? (Reflexiones de una intensa precampaña)
Columna por Jorge H. Aguilera

Durante mi estancia como director de El Ciudadano México, tuve la oportunidad de entrevistar en dos ocasiones a la maestra Laura Artemisa García Chávez.
Ambas entrevistas ocurrieron durante su gestión como presidenta del Congreso del Estado. La última de ellas, en octubre de 2025, justamente hace un año.
En ambas conversaciones, tanto durante el desarrollo de las entrevistas, que fueron extensas, como en los comentarios posteriores al corte de grabación, pude identificar en Laura Artemisa a una política profesional, sobria, de escucha atenta y con voluntad de incorporar elementos narrativos de la Cuarta Transformación a su discurso y a sus nociones políticas.
También advertí su interés por tejer relaciones en los espacios del obradorismo.
Desafortunadamente, para quien fuera aspirante a la candidatura de Morena a la alcaldía de Puebla, los tiempos políticos actuales obligan no solamente a los actores políticos y a sus equipos a concentrarse en las labores territoriales, burocráticas y de prospección política, sino también a poner un énfasis particular en la comunicación.
La comunicación política contemporánea reposa, al menos, sobre tres grandes columnas: la relación con los medios tradicionales y la operación mediática convencional; la comunicación estratégica mediante el uso de las redes sociales; y el discurso político, construido para su aplicación en el lenguaje y la operación territorial.
Indudablemente, la maestra Laura Artemisa tuvo foco. Sus operadores acertaron con las bondades del aceite y los reflectores nunca faltaron, tanto en su etapa como presidenta del Congreso del Estado como, posteriormente, al frente de la Secretaría de Bienestar del gobierno estatal.
El problema no fue el acceso a los espacios en los medios de comunicación, sino la construcción, articulación y desarrollo de una narrativa que mostrara a una mujer con experiencia política, capacidad, carisma y la emoción necesaria para contagiar al electorado en favor de su objetivo último: gobernar la ciudad de Puebla.
Nunca llegó esa propuesta narrativa, mucho menos su desarrollo concreto. Y dudo expresamente que ello sea responsabilidad exclusiva de la secretaria de Bienestar.
El actor político tiene la responsabilidad (acorde con su propio interés) de elegir a los mejores integrantes de su equipo.
Sería inverosímil exigirle que sea especialista en comunicación política, pero sí tiene la obligación (por su propio bien) de elegir, para encabezar sus esfuerzos, a una persona que no solamente cuente con trayectoria en la operación de medios, sino también con un entendimiento profundo de las nuevas formas de la comunicación política estratégica.
Fue precisamente en ese punto, en el diseño y desarrollo de una narrativa concreta, afín a los preceptos ideológicos de Morena, donde la maestra Laura Artemisa, o mejor dicho, su equipo estratégico, falló. Falló plenamente.
En las proyecciones iniciales de la contienda interna, en la que la maestra Artemisa pugnaba por la candidatura dentro de los márgenes de género, no figuraba una sola contendiente mujer con mayor experiencia política y de gobierno que ella.
¿Cómo es que, con esa trayectoria y esos antecedentes, no logró sobreponerse a figuras más juveniles, pero menos formadas en la praxis política?
Falló su comunicación. Insisto, no en el sentido de carecer de periodistas, plumas amigas o reporteros dispuestos a formularle preguntas.
Falló en la construcción de respuestas, en la ausencia de una identidad narrativa, de un storytelling propio, y en concentrar todas sus características políticas favorables en torno a su profesión de docente.
Muestra de ello fue la campaña publicitaria en su favor que apelaba a un «examen sorpresa», cuando, honestamente, a nadie, ni en Puebla ni en ningún otro lugar de este país, le gustan los exámenes. Mucho menos los exámenes sorpresa.
Sin lugar a dudas, Laura Artemisa es una mujer que ha consolidado su posición dentro de la clase política del estado y continuará su ruta.
Muy probablemente, en 2027 volverá a presidir el Congreso del Estado y, desde ahí, echará vuelo para proyectar nuevamente, hacia 2030, su intención de gobernar la ciudad de Puebla.
En esa ruta deberá tomar una decisión fundamental: seguir acompañándose de quienes resultaron ser sus diques en materia de comunicación y que, desde dentro, con su incapacidad, impidieron su crecimiento político; o buscar nuevos caminos, nuevas historias y nuevas narrativas que, esta vez sí, logren conjugar su experiencia y trayectoria política con un mensaje atractivo ante la consideración del electorado.
