OPINIÓN

Elegirse mártir en el fútbol

Columna de Jorge H. Aguilera

Dentro de las once posiciones que comprenden la alineación de cualquier equipo de fútbol, sin lugar a dudas la más distinta al resto es la posición de portero. En un juego diseñado para triunfar con los pies, el portero usa las manos buscando evitar siempre la fiesta del fútbol: el gol.

Dediqué la totalidad de mi infancia y la mitad de mi juventud a defender una portería; daba lo mismo si era una conformada por dos mochilas, en el patio de la secundaria, o en algún campo deportivo, compartiendo el culto con jóvenes que aspiraban a hacer del fútbol una vida laboral.

Porque sí; antes de la predominante narcocultura, la aspiración del influencer y los corridos tumbados, todos los niños de México soñaban con ser futbolistas profesionales.

¿Por qué elegí la portería?

Lejos de las reflexiones paralelas que encontré en al menos Ernesto Guevara de la Serna, Franz Kafka y Albert Camus, que compartían la pasión por el fútbol y, en él, la defensa de la portería, mi razonamiento infantil estaba lejos de la actitud rebelde y revolucionaria de ser portero; lo era más bien una forma de subsistencia.

A los siete años, mis padres me integraron al equipo de fútbol de la primaria. Compartía categoría fundamentalmente con mi grupo y uno un año mayor. En ese equipo infantil ya destacaban amigos míos, doctos con el balón desde pequeños.

Ese no era mi caso. Desafortunadamente, condiciones de asma infantil y una niñez de hijo único condicionaron mi velocidad y aguante en el desempeño del juego. Jugaba siempre cinco o diez minutos antes de que terminara el partido. Era un delantero que entraba de cambio más por la obligada recreación de que jueguen todos los niños que por la necesidad de aportar en los encuentros.

Medité…

En casa solo tenía un amigo, con el que jugábamos a lanzar tiros en una portería abandonada en el jardín. Como portero no era malo, así que planteé la situación con mi mamá. Ella habló con el entrenador, el profe Alejo; le explicó que yo jugaba de portero con un amigo en casa y que me diera la oportunidad de probarme como guardameta.

Afortunadamente, a los ocho años de edad, y creo que al correr de la historia se repite, nadie quiere ser portero.

Así debuté defendiendo el arco y, casi veinte años después, sigo jugando esa posición. La posición del mártir inentendible.

Más alegrías que fracasos, más nostalgia que lágrimas; el fútbol es un abrazo al que se anhela siempre volver.

Son historias cruzadas que trascienden la aspiración nacional, ese “anhelo religioso” de que la selección mexicana sea campeona del mundo. El fútbol es la convivencia eterna, el ejercicio que no cansa hasta el embaramiento del día siguiente; la simpleza del balón que, durante noventa minutos, democratiza la vida.

Es difícil encontrar esa añoranza infantil en las prioridades comerciales del fútbol moderno. La mafiocracia que integran la FIFA y los mercadólogos de la FEMEXFUT continúa imponiendo los intereses mercenarios a la posibilidad del buen fútbol.

Tendremos a Ochoa en su sexto Mundial, siendo el mismo número de mundiales en los que nuestra selección no ha superado la barrera del quinto partido.

Gracias a Coppel, Coca-Cola y LALA, tenemos portero.

¿Por culpa de quién no tenemos ilusión?

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